Continuamente Buscando de Dios
“En esa sagrada solitud, lejos de toda distracción, el Artista completará Su obra magna en nosotros.” —Filipenses 1:6
El autor Federico García Lorca dijo que “la soledad es la gran talladora del espíritu”. Si es así, ¿quién es el Escultor que, con capacidad sobrehumana, nos moldea? Es el Supremo Señor quien nos llama a la intimidad de Su taller (Isaías 1:18) donde podemos descubrir Su perfecta santidad. Es allí, es ese singular encuentro, donde nuestro mejor Amigo viene preparado y dispuesto a cincelar nuestras imperfecciones (Isaías 6:1-7).
Nuestro cariñoso Creador es quien nos invita a acercarnos a comprobar de Su bondad (Salmo 34:8), sea que vengamos en silencio y reverencia (Sofonías 1:7) o con abundante confianza (Hebreos 4:16). Para entablar esta excelente amistad, sólo debemos escapar del vaivén de nuestra vida cotidiana y allí, en solemne quietud, prefiriendo conocer a Quien ya nos conoce y ama (Salmo 46:10). En esa sagrada solitud, lejos de toda distracción, el Artista completará Su obra magna en nosotros (Filipenses 1:6).
El proceso comienza cuando venimos a Dios y le pedimos que ponga en nosotros un nuevo corazón, deseoso de conocerle (Jeremías 24:7). Tan natural, así como el recién nacido que intrínsecamente busca la ternura de la madre que nos trajo al mundo, el corazón donado por Dios ansia intimidad con Él que nos trajo a vida espiritual. Todo el nacido de Dios “tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Salmo 42:2).
Y como el hambre del bebé, nuestro celo por lo celestial sólo puede ser sosegado por nuestro Padre Celestial quien prometió saciar toda “alma sedienta” y llenar “de bien al alma hambrienta” (Salmo 107:9). Para esto Dios se ofrece gratuitamente, sabiendo que ninguna otra fuente puede satisfacernos (Isaías 55:1-2). Jesús mismo claramente se presentó como el Manantial que suple todas nuestras necesidades (Juan 4:14).
Entonces, con mayor frecuencia con la que respondemos al crujir de nuestras entrañas, debemos atender a nuestra salud espiritual. Si bien no podemos salir de Su presencia (Salmo 139), nuestro primer ejercicio espiritual es el de buscarle con diligencia (Proverbios 8:17) y de todo corazón (Deuteronomio 4:29). El mismo reconocimiento de nuestra profunda necesidad nos impulsa a pedir por Su provisión que siempre nos suplirá “conforme a las gloriosas riquezas que tiene en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19, NVI).
Jesús nos mandó a buscar “primeramente el reino de Dios y su justicia…” poniendo a todo otro afán terrenal en segundo plano (dando como ejemplo cosas básicas: vestimenta y comida). Pero, no es que el Perfecto Primogénito estaba descartando nuestras limitaciones humanas sino más bien poniéndolas en apropiada perspectiva pues, con el mismo aliento, prometió que “todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6:33, NVI). Esta instrucción nos indica la preeminencia que Él debe tener en nuestras vidas. Aliñemos, pues, cada otra aspiración con respecto a lo central: nuestra intimidad con Dios.
Cabe presentar aquí un punto práctico de este precepto siendo que todos tenemos múltiples responsabilidades en nuestras vidas. Sea en lo individual, con nuestras familias, en el trabajo o en otras actividades en la comunidad, Dios debe tener el primer lugar en todo. Por esto, muchos de nosotros nos disciplinamos a levantarnos del descanso nocturno tempranamente para pasar un tiempo a solas con Dios. Antes de involucrarnos en algún otro quehacer, antes de entrar al mundo, nos ponemos de rodillas delante del trono Divino para que nuestro gran Guía dirija nuestros pasos (Proverbios 16:9). Y si en las vigilias de la noche duramos, ¡es bueno el enfocarnos en Dios también allí (Salmo 63:9)!
Con propósito, ponemos entonces nuestro mejor esfuerzo para comenzar cada día buscando la dirección Divina, deseando conocerle cada día más, para poder agradarle cada vez mejor. Esta práctica puede ser ajustada de acuerdo con el ritmo particular de nuestras vidas, pero lo imperativo es que dediquemos suficiente tiempo donde ritualmente tornemos nuestro enfoque a Dios, buscando de Su sabiduría y gracia. Recordemos el ejemplo del profeta Daniel que se separaba de todas sus responsabilidades tres veces al día, ¡persistiendo aún en peligro de ser desayuno para los leones (Daniel 6:10)!
Ciertamente podemos entonces inquirir de Dios al comienzo de cada día (Salmo 63:1), y también buscar Su rostro continuamente (1 Crónicas 16:11). Sabiendo que Dios nos “ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor” (1 Corintios 1:9, NVI), tomemos cada oportunidad para desechar las distracciones y echarnos a Sus pies para escuchar Sus enseñanzas (Lucas 10:39), comprobando, así como Pedro, que sólo nuestro paciente Maestro tiene “palabras de vida eterna” (Juan 6:68, NVI).
Ciertamente separados de Él, nada podemos hacer. Pero al separarnos del mundo, logramos arraigarnos en Él (Colosenses 2:6-7), conectados como ramas a la Vid Verdadera, para llevar mucho fruto (Juan 15:4-5). Esta conexión comienza con el simple deseo de permanecer abiertos a Sus instrucciones. Toda amistad florece en las frecuentes conversaciones, en el compartir diaria y abiertamente. Nuestra intimidad con Dios comienza cuando abrimos la puerta a nuestro corazón, aumenta cuando le invitamos a sentarse a nuestra mesa (pasando al interior de nuestras vidas) y se afonda al cenar con Él deleitándonos continuamente de Su amor (Apocalipsis 3:20).
He aquí, está a tu puerta y llama. ¿Oyes Su voz?
Photo: Lidia Nikole/Unsplash